Señor Presidente,
Distinguidos invitados,
Señoras y Señores,
Ciudadanos de Cuba que nos escuchan,
Por primera vez en mi vida tengo el privilegio de
visitar la Florida, y al mismo tiempo, será éste
el último estado de los Estados Unidos y de todo el continente
americano que visite en calidad de presidente de mi país.
Fue mía la decisión de venir a la Florida, y así
lo he hecho, entre otras cosas, porque quería saludar desde
aquí a todos los cubanos, tanto a los que viven acá,
como a los que residen en la isla.
Toda persona moderna y de pensamiento libre siente
o debería sentir solidaridad con todos aquéllos
a quienes se les impide vivir en su patria o visitarla libremente,
y también con los que se ven obligados a vivir en ella
en constante estado de miedo, con los que no pueden salir y luego
regresar a ella según su libre criterio.
Sin embargo, hay personas que por principio deberían
sentir esa solidaridad con mayor intensidad que otros. Me refiero
a los que hemos conocido en carne propia la opresión de
un sistema totalitario de corte comunista, o a los que incluso
hemos intentado oponerle resistencia, y que al hacerlo hemos podido
palpar en toda su medida la importancia de la solidaridad y del
apoyo que los ciudadanos de países más libres nos
hubieron brindado.
Pienso que uno de los instrumentos más diabólicos
para avasallar a unos y embelesar a otros es el singular lenguaje
comunista. Es un lenguaje lleno de doblez y subterfugio, de consignas
vacías y de figuras retóricas estereotipadas. Se
trata de un lenguaje capaz de maravillar enormemente a las personas
que no hayan descubierto su falsedad, o a las que no hayan tenido
que vivir en un mundo manipulado por él. A la vez, en otras
personas, ese mismo lenguaje es capaz de infundir el miedo y el
terror, hasta sumirlas en un estado de perpetuo disimulo.
También en mi país hubo generaciones
enteras de personas que se dejaron desorientar por ese lenguaje
lleno de bonitas palabras sobre la justicia, la paz y la necesidad
de luchar contra los que —supuestamente al servicio de maléficas
potencias extranjeras— se oponían al poder que ese
lenguaje esgrime. La gran ventaja de ese lenguaje es que todas
sus partes se entrelazan firmemente dentro de un sistema cerrado
de dogmas que excluye todo lo que no se acomode a él. Cualquier
idea un tanto original o independiente, cualquier palabra que
no pertenezca al vocabulario oficial, se tilda de diversionismo
ideológico, y esto, parecería, casi antes de que
nadie pueda expresarla. La red de dogmas que justifican cualquier
arbitrariedad del poder suele por ende adoptar la forma de una
utopía, es decir, la de un concepto artificial que contiene
en sí mismo todo un conjunto de razones para que todo cuanto
no se avenga a su estructura tenga que ser suprimido, prohibido
o destruido, en aras de un futuro feliz.
Lo más cómodo es aceptar ese lenguaje, creer en
él o, por lo menos, adaptarse a él. Es muy difícil
mantener una óptica propia —por mucho que el sentido
común nos dé mil veces la razón— siempre
que eso signifique rebelarse contra el lenguaje del poder o simplemente
negarse a usarlo. Todo un sistema de persecuciones, de prohibiciones,
de informantes, de elecciones obligatorias, de espiar al vecino,
de censura y, en última instancia, de campos de concentración
se esconde tras un velo de palabras hermosas que no se avergüenzan,
ni en lo más mínimo, de llamar a la esclavitud una
“forma superior de libertad”, ni de tildar al pensamiento
independiente de “lacayo servil del imperialismo”
o denostar al espíritu emprendedor con el mote de “explotación
del hombre por el hombre”, para luego pretender que se les
llame, a los derechos humanos, un “invento de la burguesía”.
La experiencia de mi país fue muy sencilla:
cuando la crisis interna del sistema totalitario se hace profunda
hasta tal punto que ya para todos es obvia, y cuando un número
cada vez mayor de personas aprende a hablar en un lenguaje propio
y a rechazar el lenguaje charlatán y mentiroso del poder,
la libertad ya está muy cerca, casi al alcance de la mano.
De repente salta a la vista que el “monarca está
desnudo”, y el misterioso resplandor de la palabra libre
y del comportamiento libre resulta ser más fuerte que el
más poderoso ejército, que la policía o que
la jerarquía del partido, más decisivo aún
que la destrucción sistemática y centralizada de
la economía, o que los centralizados y avasallados medios
de difusión, principales responsables de la propagación
del mentiroso lenguaje de la utopía oficial.
Nuestro mundo, en general, no se encuentra en buen
estado, y avanza quizás por un derrotero muy ambiguo. Pero
esto no significa que tengamos el derecho de abandonar la libre
y culta reflexión, para reemplazarla con un puñado
de gastadas consignas utópicas. No lograríamos con
ello un mundo mejor, sino un engendro. Por el contrario, lo que
esto significa es que debemos hacer más por nuestra propia
libertad y por la libertad de los demás.
¡Qué todos los cubanos vivan en libertad
y disfruten de la independencia y de la prosperidad!
A todos aquellos que no han perdido la voluntad
de oponerse a la arbitrariedad y a la mentira, ¡que se cumplan
vuestros sueños!
¡Ojalá que el Premio Nobel de la Paz
le sea concedido a Oswaldo Payá Sardiñas, ese gran
defensor de los derechos humanos en Cuba, y ojalá que ese
premio refuerce el valor de todo el pueblo cubano para resistir
sin violencia a un régimen violento!
Les agradezco su asistencia y su atención.
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